A once años del último abrazo de Juan Perpiñá.

Es la orilla que amamos. Es la mar en la que navegaron los sueños que supimos compartir, es ella la que me trae tus palabras cristal. Bajo la misma luz, al lado del mismo viento que se llevó la vida que nos diste, así le digo a la tarde que nos visita lo mucho que te queremos. Nos queda la paz, Juan. Nos queda la mirada azul con la que aprendimos a ver en medio de aquella noche que nos cubrió cuando te fuiste.

Seguimos contigo como tú estás con nosotros. No hay día que no te hablemos, que no escuchemos tu risa amplia y marinera. No importa que esta tarde sea la misma tarde, que resuenen en la calle las mismas risas infantiles que te despidieron sin saber que te ibas. Yo sé que con cada una de ellas conseguiste escribir los párrafos necesarios. Tú sabes que la luz de tu Valencia, de nuestra Valencia nos guía a cada paso. Cuando nos perdemos, cuando no hallamos la razón de hacer camino, cuando nos falta la voz que nos consuela. En esos momentos tú eres luz, Juan, la que solo vemos nosotros, la que solo en nuestra casa brilla porque es solo nuestra.

Han pasado los días a miles y en la espalda de sus amaneceres hemos creído ver los colores que habitan en el lienzo eterno. Un amanecer lienzo, te digo, porque ya hemos aprendido que nunca sabremos dónde está la verdad. Sin embargo, sí nos atrevemos a pedirte que nos muestres el rostro de las respuestas que aún buscamos. ¿Te acuerdas cómo nos preguntábamos? ¿Recuerdas los mil puertos a los que imaginamos que arribaríamos? Siguen estando ahí, a nuestro alcance, cercanos y lejanos, posibles e imposibles, reales e irreales. Y si están, los conoceremos. Sé que Ítaca existe, que es verdad, y aunque nos creímos que el camino tiene que ser largo, también es necesario tocar tierra para sentir bajo nuestros pies la firmeza de la vida.

Aquí estamos. Los tuyos. Los de siempre. Los de para siempre. Con nosotros caminas y en el camino acompañas a tu Jaime, a ese corazón joven y audaz que en ti vive también. Ese corazón que te escucha cuando conversas con él sin saberlo aunque bien lo sabéis. Que esas conversaciones de horizonte infinito se conviertan en el alma sólida de un mañana de piel de arena, de tierra y lluvia.

   Así, cuando llegue el momento, habremos cubierto todos los senderos y en sus veredas quedarán las lágrimas dichosas que no nos dejaste derramar. Porque contigo solo caben las olas jóvenes, solo hay lugar para el encuentro, la piel con la piel, la palabra con palabra, el relato que compartir con quien se atreve a despedir el atardecer que anuncia la paz. Y yo, querido Juan, de nuevo me convertiré en poema feliz al saber que nos ayudas, que nos ayudáis a continuar el viaje que emprendimos juntos.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Previous post Taller de costura (Heraldo Escolar) Foto: Jaime Perpinyà
Next post La Romareda, la Basílica del Fútbol, cumple 65 años.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies