A siete años del último abrazo de Juan Perpiñá.

   Hoy, Juan, ha amanecido suavemente. No diré que como todos los días, porque nunca los octubres nos sabrán igual, pero sí al costado de la memoria que nos agita tu mirada azul. Han nacido muchas mañanas y se han escapado no pocos deseos. Aún recitamos tu limpia sonrisa cada vez que este sol nos llama, pero lo que no ha vencido es el olvido. Será así porque el arenal verso que voló sobre tu vertical amor a la vida nos sigue acogiendo cuando es menester hacer de la vida orilla de verdades.

   Te digo, Juan, que estos días de sol lejano nos hacen más tuyos. De sol a veces remoto aunque sigue estando cerca de ti, seguramente más próximo cuanto más se aleja aquel momento de silencio inevitable. Pero del mismo sol que nos acarició en la sombra de la soledad final cuando la tarde se agotó de tanta lucha.

   Cada día estás aquí y sentimos cómo nos acaricia el viento que acompaña el viaje final que tú decías era inicial. Y cada brizna de luz convierte en cálido roce la certeza de tu presencia. Solo así podemos convivir con la inseparable melancolía que hasta el fin compartimos aunque no nos lo digamos. Es la alegría del amor que derramaste sobre nosotros, la misma que se enreda en los recuerdos cosidos en el corazón a golpe de golpes.  

   Siete años desde tu último abrazo. Hoy navegas el mar con la fuerza del hombre cierto. Sobre su serena bravura descansan las melodías que el levante inspiró a los poetas que leíste y en el fondo de sus aguas se ocultan los sueños que iluminaron tus anhelos. Hoy, ya lo sabes, las olas sosegadas mecen nuestra esperanza, porque a ellas volveremos muy pronto. Porque siempre volvemos a la orilla de nuestra historia, del ayer que nos ha construido para ser lo que somos, para no ser lo que no somos.

   Hoy, querido Juan, el pintor que nos enamora mantiene sus lienzos color sal limpios. Será así hasta que encontremos ese atardecer que nos vuelva a reunir. Y cada pincelada será un sorbo de azahar, cada sorbo una pincelada de arena, cada huella un monumento a la felicidad que sentimos cuando te traemos a nuestro lado. Que es cada minuto. Que es siempre.

    La vida nos hace cómplices y cuando escuchamos en tu voz nuestros nombres algo nos invita al sueño voluminoso. Y más ahora que el horizonte es más ancho y más seco, que en cierto modo todos acabamos viviendo donde se cruzan los caminos, los que hacemos y los que deshacemos. ¡Cómo no abrazar el temblor del futuro aún por escribir! ¡Cómo no acoger la pasión de quien se atrevió a desafiar la injusticia de los justos!.

   Y los tuyos. Los de siempre. Los de para siempre. En nosotros habitas y con nosotros caminas, acompasando la línea de un horizonte que sirve de guía a ese corazón joven y audaz con el que conversas aunque no lo sepáis, aunque sí lo sepáis. Conversaciones anchurosas, espaciosas. Como el alma que os une, como el alma sólida, de piel fuerte, de tierra suave.

   Llegará la noche. Habré paseado, habré bebido una lágrima jubilosa, una de esas que no nos dejaste verter, pero esta vez me habré alegrado, porque sé que en las laderas de la alta mar tu relato habrá encontrado un amigo con el que despedir el atardecer. Y yo, querido Juan, seré un verso más feliz al saber que los dos nos ayudáis a seguir el viaje que emprendimos juntos.

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