Cada año, profesorado nuevo.

Cada año, profesorado nuevo.

IMAG0994b  Tomamos café y hablamos del curso que viene. Hay mucha incertidumbre, pues sabemos que habrá renovación en un buen número de puestos de trabajo. No nos agrada. Cuando ya nos conocemos, cuando ya sabemos lo que podemos dar y aportar unas y otros, el equipo se rompe. Ahora que hemos aprendido a apreciarnos, a conocernos, a aceptarnos, sabemos que pronto habrá que empezar de nuevo.

    No es bueno que los equipos se disuelvan apenas han empezado. El sistema de provisión de puestos de trabajo es deficiente y eso no ayuda a que el servicio que prestamos sea el mejor. Hacemos lo humanamente posible para que las transiciones sean lo más amables posible, pero las circunstancias no ayudan. No hay manera de que los proyectos de centro primen sobre las adjudicaciones de plazas. La sensación de inestabilidad es tan grande que añade un puntito más a la desilusión.

  Puedo decir que vine a este colegio porque así lo deseé. Es cierto que también porque pude, pues tenía «puntos» como para poder hacerlo. Pero a lo que voy. Vine porque lo elegí. Por su proyecto, por su personalidad, por su futuro. Y lo hice creyendo en su propuesta educativa y en quien la dirigía. Una situación ideal, es decir. Pero no es lo habitual.

IMAG0992b   Lo habitual es que los docentes (hablo de quienes tienen la posibilidad de hacerlo) tengan como prioridad alfa la distancia del colegio, poder estar cerca de casa. Hartos como están de hacer kilómetros durante muchos años (esas famosas «ruedas»), a la hora de «elegir» casi nunca se tiene en cuenta el proyecto educativo del centro. Así, cuando podemos, «nos acercamos a casa». La prioridad no es el proyecto de trabajo. Y no lo juzgo, en absoluto, pero sí constato que ese hecho no va a ser la mejor noticia para hablar de mejora de la institución. 

    Los docentes somos ciudadanos con necesidades personales, familiares y sociales. Como todos. Por eso es lógico que «estar cerca de casa» sea un valor muy considerado a la hora de aspirar a un puesto de trabajo. Por delante de que el proyecto educativo nos resulte más o menos atractivo. En el fondo pensamos que «bueno, seguro que encuentro un par de compañeros con los que me entiendo bien y, al fin y al cabo, es con los que tengo que trabajar, así que ya veré».

  Y es que hay muy pocos incentivos que nos seduzcan más que «estar cerca de casa». Los docentes no tenemos posibilidades de mejora laboral, no hay estímulos profesionales (salvo alguna asesoría provisional), no se suele obtener el reconocimiento de la sociedad ni de la administración. No hay más llaves de la satisfacción, por lo que como mucho se tira de estar cerca de casa, que bastante carretera he hecho ya cuando me ha tocado.

    Y es perfectamente comprensible. ¿Quién decide irse a trabajar lejos de casa voluntariamente? ¿Para qué? Si al fin y al cabo los proyectos los hacemos las personas. Eso sí: conozco algunos casos. Cercanos, como ya he escrito, y no tanto. Y cuando se han dado ha sido porque había un deseo de desarrollar un proyecto educativo para cuya puesta en marcha valía la pena el esfuerzo. Y podemos comprobar, por cierto, que cuando se dan esas circunstancias esos colegios siempre están muy bien valorados por la comunidad. Porque hay proyecto.

    La educación en España tiene problemas que la condicionan, más allá de horarios, programaciones, asignaturas, áreas y metodologías. Mucho. Dos de ellos son los que acabo de plantear. El día que los centros tengan proyectos propios y puedan acoger a los docentes que de verdad quieren estar en ellos (no que caigan sobre sus claustros como paracaidistas involuntarios) y además existan incentivos profesionales que ilusionen a sus trabajadores, habremos avanzado muchísimo. Soluciones hay. 

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