Entonces, ¿qué clase de maestro soy?

   «Pero bueno, entonces ¿tú que clase de maestro eres?». Eso me preguntó hace unos días un buen amigo. No tiene ninguna relación con el mundo educativo si exceptuamos que es padre y sus hijos ya rozan la treintena. Y confieso que me dejó sin palabras. No supe qué decir. Él me hizo la pregunta con la mejor intención, de buena fe. Quería saber. Vive en otra ciudad (no en Zaragoza) y es un ciudadano leído e informado. Por eso sabe de la existencia de César Bona y de «los jesuitas». También puede conversar sobre la LOMCE, «la ley del PP», y es capaz de comprender que las cosas son muy distintas a cuando sus hijos iban al colegio. Y, por supuesto, se sabe «de carrerilla» que en eso de PISA España aporta resultados «penosos». En definitiva, lo que viene siendo un español medio que quiere respuestas.

¿Una pregunta sin respuesta?

   label_12«Así que esas tenemos, ¿eh?», le dije entre sorbo de Mahou (pista nº 1) y sombra de tapa. «Te has propuesto ponerme en crisis». «No, no, nada más lejos de mi intención», respondió casi sientiuéndose culpable. Pero debo decir que casi lo consigue, porque es una pregunta de muy difícil respuesta. «¿Qué tipo de maestro soy?», me repito a mí mismo cada día varias veces y no hay forma de encontrar una respuesta que me deje satisfecho. Eso sí, tengo dos principios que pueden traer algo de luz a este lío monumental que cada día que pasa se parece más al nudo de Gordias (o gordiano) y que compartí con mi amigo para responder a su pregunta.

   Una cosa que es segura es que voy a contar por décadas el tiempo que hace que vivo y trabajo por y para la escuela. Tres, para ser exactos. De aquel jovencísimo maestro que llegó a Calahorra aquel 1 de septiembre de 1985 quedan dos cosas que me definen y que, en cierto modo, pueden servir para entenderme a mí mismo y a que me entiendan quienes me quieren o tengan a bien querer compartir conmigo este camino. Una: el amor por las cosas bien hechas. Dos: el sentido estricto del deber.

El amor por las cosas bien hechas

   En primer lugar diré que creo firmemente que los maestros y maestras tenemos que esmerarnos en hacer muy bien nuestro trabajo, poniendo empeño y tenacidad en nuestra tarea. Hay razones para dejarnos el alma en el camino, para no buscar excusas cuando nos ahogan las dificultades, para no culpar siempre a «la administración» o «a los padres» de nuestros problemas (aunque a veces nos asista la razón). No me gusta que nos conformemos nunca con lo mínimo y sí adoro esos momentos en que disfrutamos juntos de esta hermosa aventura que es la educación y damos de nosotros lo mejor. Y amor. Amar el amor. Porque en la entrega está la grandeza de esta forma de estar en elmundo que hemos elegid o y que se llama educar.

El sentido del deber

  En segundo lugar, escribiré que me he aplicado en todo momento en dar ejemplo de trabajo, esfuerzo y generosidad. Me ha gustado dar de mí lo máximo y he creído siempre que nuestra profesión no tiene horarios ni calendarios, o no, por lo menos, los que marca la rigidez de la norma. Lo era así cuando empecé, aquellos años en Illueca y aquellos meses en Movera. Ha sido así durante los años que he vivido y crecido en Alcorisa, en «El Justicia de Aragón», donde dejé corazón y sueños, y lo sigue siendo hoy, cuando el otoño se acerca a mi vida y colaboro en el crecimiento de nuestro joven colegio, el «Catalina de Aragón«. El deber, tan oculto a veces, tan a la sombra de los derechos. El deber, que tiene  valor de valor. A él le doy toda la importancia porque creo en su verdad y porque considero que es algo que nos dignifica y nos significa.

Saber quién soy

   Eso le respondí a mi amigo. Reconozco que me quedé muy tranquilo y le agradecí que me hiciera la pregunta, porque de este modo me ayudó a pensar en mí y en lo que soy, que es mucho en estos tiempos de decálogos sobre cualquier tema, idearios abreviados,  ideas de 140 caracteres, postureos en whatsap y vidas de instagram. Con todo ello, le doy al click de «publicar» y me voy a navegar la ciudad. Quizás en ella encuentre las certezas que me faltan.

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