En España más del 80% de la población reside en ciudades. Esta realidad invita a que las y los regidores de las grandes urbes se planteen actuaciones que respondan a las necesidades educativas de la niñez y la juventud que habitan esos entornos, no siempre amables. Ya he escrito aquí sobre la necesidad de ambientalizar la cultura si lo que queremos es crecer al lado de la tierra y no contra la tierra.
La escuela debe reencontrarse con una nueva lectura de la ciudad. Debe, incluso, convertirla en currículo, en proceso y producto de nuestro aprendizaje. Lluís Rabell, concejal barcelonés de Educación, defiende que “la educación no acaba en el recinto de las escuelas, sino que su conjunto, sus hábitos, su urbanismo y sus usos tienen que tener también una función educadora”. En esa línea, me sumo al pensamiento de Jaume Bonafé cuando afirma que “la escuela no ha querido todavía leer la calle”. También al de Marco G. Londoño, que defiende que “habría que pensar en callejear la educación”.
En este ámbito comparto dos ideas ideas que han guiado mi vida profesional. Por una parte, propiciar que alumnado y profesoradonaveguen la localidad mientras leen cada calle, cada paseo, cada plaza. Por otra, creer que la escuela es un centro coordinador de proyectos de investigación de su entorno.
Esta visión de urbe que enseña y aprende tiene que ver, así, con la construcción de redes comunitarias que tengan una función educadora. Y la ciudad como un gran libro de texto.
