Un colegio es lugar de aprender, sitio de crecer, momento de convivir. En él cada día las nubes invitan al sol y lo que en él ocurre queremos compartirlo, porque en ese paisaje nacen los afectos que nos acompañan. Un colegio es una nave sobre mares infinitos.
Entre los espacios e instantes que componen ese mosaico el recreo es lo más parecido a la vida. En él se encuentran los iguales y se dibujan las relaciones que crecen sin que el adulto marque los tiempos ni organice las normas. En él los niños y niñas construyen la comunidad y buscan su lugar en el mundo. En él pasan las cosas que más les importan.
Antoni Tort nos recuerda que un estudio francés ya señalaba hace cincuenta años que las entradas y salidas, las transiciones, los pasillos, eran los espacios y tiempos más valorados por el alumnado de primaria desde el punto de vista comunicativo.
El tiempo de recreo es la cara expuesta de la luna. Solo hay que mirarla y fijarnos en los párrafos que las criaturas escriben en ella para que los adultos los leamos. Frente a la concepción del aula como único espacio y momento relevante buscamos organizar el centro para propiciar la continuidad educativa. Para que el alumnado encuentre oportunidades de aprendizaje en un parque, en un entorno que hacemos propio, en el huerto que nos regala vida, en el museo que nos identifica, en la calle como libro de texto. Porque en el tiempo de recreo nos acercamos a la naturaleza humana y todo se asemeja al viento y la luz.
