En el universo educativo la lectura y la escritura actúan como velas que recogen la urgencia de explorar para encontrarnos a nosotros mismos. Dice Daniel Pennac en “Como una novela” que “leer” y “amar” son verbos que no admiten el imperativo. Invito a quien esto lea a detenernos en esta reflexión para así poder coincidir con Hernán Casciari cuando afirma: “La pasión por escribir y la excelencia al hacerlo se alimentan únicamente escribiendo”.
En el aula encontramos las razones que nos ayudan a acercar a nuestro alumnado el enfoque del “para qué leer y escribir” y vincular, así, el hecho literario con sus necesidades.
En este momento nos hacemos la pregunta: ¿Qué literatura queremos enseñar y cómo queremos enseñarla? La respuesta tiene un perfil humanista si consideramos la riqueza que supone disponer de las palabras para darle sentido a lo que vivimos. Por eso la literatura es tan valiosa.
Son múltiples las experiencias educativas alejadas de la imposición de lecturas y la fiscalización que pretende, con un examen, comprobar si se ha leído un libro, como si eso fuera la vasija llena de oro al final del arco iris. Acciones que demuestran que amamos la literatura porque es una experiencia social, porque creemos que el acto de leer tiene un sentido profundamente comunitario. Compartir lo que se lee es, hoy, un acto valiente porque en torno a un texto se desarrolla el sentido de pertenencia a una sociedad demasiado afecta al aislamiento. La palabra, entonces.
