Llegamos a la playa de la Malvarrosa acercados al mediodía. El cielo nos dio la tregua que nuestro encuentro merecía y el mar se pintó de azul y paz. Era una mañana de domingo plácida. La arena recogía algunos paseantes que se asomaban al balcón de las olas mirándolas con picardía, como diciéndoles en qué punto de su espalda habían perdido el último beso, y hasta el cielo se había vestido con su más limpia sonrisa.
Las palmeras se acercaban al horizonte vertical y altivas y jóvenes parecían esas mujeres elegantes y silenciosas que ocupaban las pantallas de las películas americanas de los cincuenta acompañando al galán. Eso sí, perfectas en su sitio, una detrás de una, otra detrás de otra. Sugerentes, moviéndose al compás de nuestros pasos.
Nos acercamos al pequeño muro que separa el paseo de la arena. Recuerdo que quise ver dónde empezaba el mar y dónde se anunciaba el horizonte. Sin embargo pel que sus hojas La playa de la Malvarrosa es una espiga cortada en el viento de la infancia. En su arena nació ese mar que duerme en tus ojos, azules como la vida ida, y en la orilla, impacientes, se han acostado a lo largo de los años todas las palabras que nos has regalado, nunca perezosas ante la idea de navegar en la memoria. Desde que lo supiste tu empeño fue hacer de cada día un sendero de ida y disfrutabas abriendo valles donde antes solo había alturas inalcanzables.