Aprender jugando. Sí, el juego “es un círculo mágico”, como decía Huizinga. En él cabe el error fuera del juicio, con él aprendemos sobre procedimientos, actitudes y frustración. Y a contrastar, a relacionarnos, a expresarnos. Ahora bien, ¿y en el ámbito curricular?
Puede parecer que, al abrigo de una moda, consideramos irreflexivamente las bondades del juego. Nada más lejos. Marina Camino diferencia momentos y espacios “en función de las necesidades que tengamos en el aula”.
Escuchamos que los centros educativos “no son para jugar”. Bien, recordemos que en el juego también hay una disciplina, unas normas que cumplir, unas reglas que respetar. Jugar no es sinónimo de desorden ni de desorganización, pues regulamos actitudes y comportamientos. Es algo muy serio, aunque el juego tiene un compromiso con la diversión, entendida como un disfrute vinculado al esfuerzo.
En este punto abordamos la importancia del serious game, ese juego diseñado con un objetivo de aprendizaje adaptado a la idiosincrasia de cada ecosistema de aprendizaje. En ese punto de fértil creatividad estamos, conectados con lo aprendido hace un tiempo: “El juego es la única asignatura del niño hasta los 5 años; la principal de los 6 a los 9; la indispensable de los 10 a los 14, y la más saludable e higiénica hasta los 21 años y el educador que de ella no se ocupe ni preocupe, no sabe ni vale para educar”. ¿Escuchado en un «podcast»? No: leído en “El maestro mirando hacia adentro”, de Andrés Manjón (1923).
