¿Necesitan incentivos los maestros y maestras?

      Veamos. Un filósofo plantea un camino a recorrer, los media nos muestran los titulares, quizás no profundizamos en la lectura de lo dicho y se genera una polémica que puede que no acabe de enfocar adecuadamente la cuestión. 

   Oímos decir que hay que incentivar al profesorado y nos preguntamos qué es eso. ¿Hay que tratar de atraer a los mejores para lograr que trabajen ilusionadamente y mejoren así el aprendizaje de los alumnos?. ¿Hay que pagar mejores sueldos a los que trabajen mejor, a los que trabajan en condiciones difíciles? ¿Tienen que poder promocionar profesionalmente? ¿Necesitan más reconocimiento público?

incentivos

   (Este artículo lo escribí en diciembre de 2012. Lo traigo ahora aquí cuando José Antonio Marina ha hablado, expuesto sus ideas y provocado una cierta polémica que solo deseo que sea para bien. A ver si encuentro compañeros para este viaje)  

 Es oír hablar de incentivos al profesorado y preguntarnos qué es eso. Algunas ideas hablan de la necesidad de que existan políticas de incentivos para atraer y retener a los más cualificados y para lograr que trabajen ilusionadamente para mejorar el aprendizaje de los alumnos. Mejores sueldos para los profesores con un mejor desempeño, mejores sueldos para los que trabajan en condiciones difíciles, una carrera docente bien definida, con oportunidades de promoción, reconocimiento público y prestigio para los maestros de excelencia, la posibilidad de perder el empleo por desempeñarlo inadecuadamente y propiciar que la relación con las familias y el entorno sea lo más estrecha posible.

   Todas ellas habría que aplicarlas y hacer el esfuerzo por que se conocieran y la sociedad las hiciera suyas. Los mejores, los que aportan, los que hacen del compromiso personal y profesional un estilo de vida, los que actúan por el bien de la comunidad antes que por el interés personal deben recibir el reconocimiento de la sociedad a la que servimos. En eso estamos de acuerdo y lo aprobamos todos. Ahora bien, también es cierto que ciertas prácticas cotidianas ayudarían a consolidar el espíritu de servicio que caracteriza nuestra profesión.

   Por empezar, se hace imprescindible combatir la opinión generalizada y muy bien publicitada por los medios de comunicación de que en la escuela, sobre todo la pública, no se trabaja, no se aprende y el esfuerzo brilla por su ausencia. Hace tanto daño una sola afirmación de tal calibre en una columna de opinión de un medio nacional (la última la leí el sábado, 8 de Diciembre, en El Mundo a cargo de Lucía Méndez en su columna “Asuntos internos”, página 2) que necesitaríamos varios meses de una práctica educativa impecable para limpiar la mancha vertida.

   Dos: es incentivar a los maestros que las familias se acerquen a las escuelas con la certeza de que allí el amor, la comprensión, la ternura, la generosidad y la entrega a los demás son los valores que perfuman el día a día. Lo contrario, la desconfianza, el recelo, la sospecha, el desdén, la cultura de la queja, son pústulas que infectan el proceso educativo y dan ganas de llorar la superficialiad con que se trata en los medios de comuniación un tema tan importante como la Educación. Hay demasiados cowboys de la denuncia apostados en las esquinas de las comunidades escolares, y eso es demoledor.

   Tres. No nos creen. Ni las familias, ni la administración, ni la sociedad nos creen. No nos creen. Ni los medios de comunicación, ni los legisladores, ni los gestores. No nos creen. Ni los alumnos, ni las editoriales, ni nosotros mismos. No nos creemos. E incentivar a los maestros significaría creer. Tener fe. En los maestros, en su saber hacer, en su entrega. En su capacidad, en su voluntad, en su esfuerzo. En sus caminos andados, en sus senderos por descubirir, en sus poemas aún no escritos. Sin fe estamos muertos y ahora mismo somos un país de descreídos, una sociedad infiel a sí misma.

¿Incentivos? Amor. Al trabajo, a la comunidad, a la esperanza.

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