Siendo un joven maestro arribé a un colegio del Bajo Aragón. El compañero que me acogió me llevó a la biblioteca del centro. Cuando entré en ella exclamé: “¡Qué bonita!”. Su respuesta, un regalo, me abrió mil horizontes que aún persigo: “Una biblioteca no tiene que ser bonita; tiene que ser el corazón de la escuela”.
Hoy escribo sobre ese corazón que otorga vida a la comunidad huyendo de las apariencias. No es solo un espacio luminoso en el que se exponen libros, se celebra el Día de la Poesía o se recibe al escritor o escritora con el que compartimos una experiencia memorable, sino que la vivo como un universo educador, informador, socializador y acogedor de la diversidad.
Carmen Carramiñana escribió que “la biblioteca escolar y la pública han vivido a menudo como cuñadas (valga el tópico) y lo bueno es que vivan como hermanas bien avenidas”. Esta profunda por sencilla afirmación describe mi vida docente. Con el paso de los años disfrutamos de experiencias inolvidables en unión de la biblioteca pública y aunque esas acciones nacieron por iniciativa propia, coincido con Clara Budnick cuando dice: “No necesitamos planes, necesitamos leyes”. Por eso, firmo la petición de Pepe G. Guerrero: “No queremos ya más `experiencias´: necesitamos protocolos de actuación”.
Una biblioteca, en fin, anuncia su ser si crece cosida a actuaciones extendidas en el espacio y con sentido de permanencia y contribuye a que los centros sean, cada vez más, proyectos en común.
