Escuchamos que la escuela tiene que ser más exigente y que debemos “recuperar la cultura del esfuerzo” para conseguir mejores “resultados académicos”. Se trata de evitar que PISA nos pise los talones. Por el contrario, muchos creemos que tenemos unos currículos sobredimensionados. Casi nadie “termina el libro” ni acaba “los temarios” con calma, lo que aporta angustia desmesurada. Además, es habitual marcarnos niveles de aprendizaje inalcanzables. Resultado: frustración y desánimo en alumnado y profesorado.
Ordenamos los contenidos cíclicamente para afrontar los mismos temas una y otra vez a lo largo de la enseñanza obligatoria, abundando en la revisión de lo conocido. Ser repetitivos debilita nuestra acción educativa, el aprendizaje deja de ser significativo y las criaturas no encuentran motivos para mantener la ilusión por aprender.
Revisemos qué enseñamos y acordemos que si un tema o una unidad ya se ha tratado un curso, no es preciso volver sobre él una y otra vez. Manejemos los tiempos y practiquemos el vitalizante deporte de la adaptación.
Se acerca el fin de curso y puesto que la creatividad es la madre de todos los conocimientos, dediquemos este período a reflexionar sobre los saberes del curso siguiente. Con seguridad, disponer herramientas que incentiven la motivación del alumnado a través de experiencias educativas memorables y próximas nos acercarán a Territorio Interés y Curiosidad. Dos llanuras cuya amistad conviene cultivar.
