Tengo por costumbre decir que soy docente porque aprendo. Por eso, procuro leer a quien sabe de educación. Por ejemplo, a Daniel Wilson. Este investigador, exdirector de Project Zero, es un firme defensor de la importancia de vincular la enseñanza a la vida cotidiana.
Tras la pandemia proliferaron los centros el educativos que apostaron por un currículo basado en su comunidad. Buscaron lugares en su entorno donde aprender, tales como un taller mecánico, un museo, un comercio o un centro de personas mayores. Se generaron ecosistemas de aprendizaje basados en la exploración, el aprendizaje fuera del aula, en las comunidades y en la conexión con la sociedad. Por el contrario, acciones de este tipo suscitan preguntas recurrentes que las ponen en cuestión: ¿es importante memorizar o con actuaciones como estas es suficiente? ¿Dónde quedan los “deberes”?
Desde luego plantear el desarrollo del currículo de este modo implica contar con el compromiso y la complicidad de la comunidad, porque ya no podemos aislar el aprendizaje de la vida. Es más, Wilson dice que “necesitamos reintegrar el aprendizaje en la vida”. Para ello, creo que es preciso impregnar el día a día en el aula con iniciativas exploradoras, con gestos investigadores, con situaciones de aprendizaje fuera del aula y con vocación de conexión con la sociedad.
Todo ello, en fin, conecta con la idea que nos guía: los aprendizajes informales son una magnífica oportunidad para el crecimiento.
