“La burocracia nos ahoga”. ¿Qué docente no firmaría esta afirmación? Bien, de acuerdo. Cumplimentar documentación es una pesada carga que nos supone un esfuerzo, decimos, que podríamos emplear en causas más nobles.
Ahora bien, dispuestos al debate, ¿significa esto que renunciamos a la documentación sabiendo que, dado el caso, nos ampara cuando la necesitamos para defender nuestros derechos?
Hubo un tiempo en que estos mecanismos de control y supervisión se mantenían en unos niveles razonables. Incluso los vimos como un apoyo que favorecía el desarrollo de nuestros proyectos. Hoy, sin embargo, vivimos en un ecosistema donde impera una cierta confusión, en el que se asocia la burocracia con una extrema fiscalización de nuestra práctica educativa.
Tan absurdo es sepultar a los docentes con exigencias excesivas como rechazar un requerimiento documental, por muy razonable que sea.
Proclamo mi fe en el compromiso y el esfuerzo común y expreso mi escepticismo ante la improvisación y la desinformación. Por ello creo que documentar nuestra práctica es asegurar que somos fiables y responsables, recorrer un camino cómplice que nos invita a creer en nuestra obra y nos aproxima a la certeza.
Conviene, así, formar a los docentes en el manejo de la documentación, propiciando herramientas útiles y mejorando la gestión del tiempo. Este último es un aspecto crucial, cuya mejor gestión nos ayudaría a ser más eficientes y a acercarnos a un mayor bienestar.
