La orilla, al fin. Vivimos atardeceres silenciosos y a los docentes se nos descose un poco el alma cuando nos separamos de aquellos con quienes hemos compartido afecto, comprensión y compromiso común.
En el gobierno de las olas que significa ser archipiélago, anhelo el silencio del viaje interior. En medio de esa travesía recojo algunos restos, llámense ideas, que han golpeado el casco de nuestro navío educativo. Sobre ellos escribo en mi bitácora.
Uno. No olvidar que la escuela debe ser universo que propicie la igualdad de oportunidades. Se habla de excelencia, pero la institución escolar aún no ha logrado rebatir al Nobel J. Stiglitz: “El 90% de los que nacen pobres mueren pobres mientras que el 90% de los que nacen ricos mueren ricos”.
Dos. Reflexionar con X. Bonal, quien reclama “más educabilidad y menos educación”. La política educativa no se agota en el ámbito de las consejerías de educación, sino que también compete a ámbitos como igualdad, sanidad, bienestar social, alimentación, cultura y deporte.
Y tres. Considerar mucho más y mejor al profesorado, al tiempo que él mismo se responsabiliza ante la sociedad para proponer y organizar alternativas y situaciones que activen el deseo de aprender. En eso sigo a P. Meirieu, que dice: “No nos podemos contentar con dar de beber a quienes ya tienen sed; también hay que dar sed a quienes no quieren beber”.
Tres destellos que me ocupan y con los que construiré los argumentos del reencuentro, compañero leal.
