Maribel, Conchita y Ángel, la costumbre de la amistad.

   (Mis amigos Maribel, Conchita y Ángel cierran el capítulo de sus vidas profesionales en Alcorisa. Maribel y Ángel se jubilan y Conchita decide descubrir un nuevo camino en Zaragoza. Ayer, 28 de junio, nos reunimos sus amigos para celebrar esta hermosa noticia junto a ellos. Como siempre, más que siempre, escribo esta pequeña crónica y lloro emocionado con ellos por lo que significa y lo que nos han dado.)

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   ¿Son anchas las calles? ¿En cuántas de ellas encontramos los caminos que nos reconocen? ¿En qué discurso las palabras flaquean aunque el corazón te dice que no hay trato, que ya no quedan silencios en el mar? ¿Dónde se acerca el horizonte de sus ojos, los que vimos cómo se arrasaban al lado de cada colina?

   La tarde de ayer fue un entre siempre y jamás, una llanura al lado del abismo, un infinito que se reduce a cada respiro. Sabe la tierra roja cuánto amor se quedó entre nosotros cuando los primeros abrazos, las miradas distintas, la sonrisa del reencuentro. Y las frases cómplices que recuperamos de esos días en los que había menos surcos en la piel y la misma frescura en el alma.

   La mesa que nos reunió era un norte junto al sur y a su frontera se arrimó el son de la jota y el verso de oliva y melocotón. La voz de poco a poco se quedó en el paisaje de los tres amigos. Súbitos y elegidos escucharon y rieron y se emocionaron y no lloraron y sí lloraron y se abrazaron y besaron la mejilla querida y viajaron al hombro atardecido.

   Luego fue la estricta caja que envolvió cada regalo y escondió sorpresas y asombros compartidos. Para hablar, para escribir, para leer, para viajar, para buscar en cada brizna de espuma un motivo para defender la alegría.

   Y después la imagen fija, la sonrisa común que queda escrita para siempre mientras el rayo ciega la noche. Una foto de todos y en todos, un clic de alegría y certezas. Así quedará grabado en la luz merecida.

   Nada acaba, al contrario. Todo empieza ahora. Todo para Maribel, la maestra, la madre, la esposa, la amiga. Todo para ella, todo sobre ella, todo desde ella. En su sonrisa hay letras y verdades y de ellas hablaremos y escribiremos. 

   Nada acaba, ya se sabe. Todo empieza ahora. Todo para Conchita, la maestra, la compañera, la amiga. Todo para ella, todo sobre ella, todo desde ella. En su sonrisa hay imágenes y verdades y de ellas hablaremos y escribiremos. 

   Nada acaba, no hay final. Todo empieza ahora. Todo para Ángel, el maestro, el padre, el esposo, el amigo. Todo para él, todo sobre él, todo desde él. En su sonrisa hay música y verdades y de ellas hablaremos y escribiremos. 

   Fue, es así, una fiesta nunca acabada, porque no hay final cuando la vida nos aguarda en la esquina de su propia memoria. Y por eso hubo canciones y bailes y melodías de ayer y estribillos de mañana. Como «Money for nothing»

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