Hace unos días un joven de veinte años me contó que en 2º de Bachillerato, en clase de historia, abordaron el período que iba desde 1978 hasta nuestros días. La lectura de un párrafo de cuatro líneas bastó, porque “no daba tiempo a terminar el temario”.
Se avecinan meses en los que lo público va a ser protagonista. Hablo de elecciones. Un panorama cívico ante el que nuestro alumnado, el que ya puede votar y el que lo hará en el futuro, está huérfano de una educación democrática de calidad. En muchos casos, me he informado, nuestros chicos y chicas desconocen los mecanismos de la democracia: cómo funciona nuestro sistema electoral (ley D’Hondt), cómo se elige al presidente del gobierno, qué es un distrito electoral o la diferencia entre mayoría abosluta, simple o cualificada. Por ejemplo.
Bien, tenemos un problema. Y preocupante si no generamos una estructura que se encargue de educar a la futura ciudadanía en el “respeto a los principios democráticos de convivencia y a los derechos y libertades fundamentales” (Constitución Española, art. 27.2).
Quizás un exceso de prudencia impida al profesorado profundizar en el conocimiento del funcionamiento del edificio democrático, pero es tiempo para el compromiso. Y la palabra.
Lo escribí hace cuatro años. Denzel Washington en “The great debaters” expresa: “El debate es un combate, pero sus armas son las palabras”. Entreguemos a nuestro alumnado tan preciado tesoro. Ojalá tu razón pueda ser un día mi razón.