Hablemos de educación

Programar, pero ¿cuándo?.

   Nos reunimos. Un grupo de maestros y maestras nos juntamos. Es decir, estamos juntos y hablamos. Una de nosotras cuenta lo que aprendió en un reciente encuentro en Madrid en el que se habló de metodología del currículo bilingüe. En otras palabras: cómo enseñar una lengua y con qué materiales, con qué recursos.

      Esa «una de nosotras» nos cuenta algunos aspectos que ya conocemos pero que siempre suscitan nuestro interés. Y la frase, que ya es un clásico: «La verdad es que ‘allí’ lo tienen todo ‘superprogramado’ «. «Allí» siempre es el norte de Europa más Gran Bretaña. Y es que «allí» los maestros cuidan todos los detalles al máximo y diseñan una programaciones milimétricas y lo hacen todo con una seriedad y son tan organizados, ¿verdad? Aquí somos un poco más «flexibles» y nos gusta cambiar de vez en cuando.

  Además, saben en cada momento lo que tienen que hacer. Y luego tienen todo controlado y los chicos no gritan ni se mueven tanto como aquí, que habría que ver lo que haríamos nosotros si además se nos portaran bien, que esa es otra. Ya, pero es que a mí me pasa que, por ejemplo, tenemos tantos recursos que a veces aún no hemos visto unos que ya tenemos otros en la mano que nos parecen más interesantes que los anteriores.

    ¿Es que acaso somos diferentes? ¿Nuestra idiosincrasia nos mueve a impresionarnos fácilmente? ¿Ser latino quiere decir ser «maestros de la novedad» (que no de la innovación)? No. Lo que pasa es que cuando llega una remesa de libros o materiales o recursos no disponemos del tiempo necesario para valorar su validez o posibilidad de adecuarlo a nuestra práctica. Eso es un problema. Un gran problema. Aseguro que sí queremos considerar la validez o no de nuestra práctica escolar. Lo que ocurre es que no disponemos de la pausa adecuada para profundizar en lo que ya tenemos y optimizar nuestros recursos.

    De nuevo hablamos de una deficiente organización del tiempo. La administración podría considerar los horarios como un aspecto crucial de la vida escolar, pero aquí tenemos que ser críticos y afirmar que no es así. Que los horarios en ocasiones impiden que podamos programar adecuadamente, que podamos compartir experiencias y reflexiones. Y es que no hay momentos para ello.

    Y en medio de semejante desajuste, admiramos la forma de trabajar de los del norte. Pero al mismo tiempo decimos que son demasiado estrictos y rígidos. Pero los medios de comunicación nos dan en el carnet del «éxito escolar» con sus titulares de 140 caracteres (y menos) afeándonos nuestro trabajo y nuestro esfuerzo y nuestra dedicación. Pero nos organizan la distribución horaria de las áreas con criterios discutibles pero nunca discutidos en profundidad. En fin: un lío.

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