A cinco años del último abrazo de Juan Perpiñá.

verano06-148Mediterráneo, amigo. En tus brazos quedaron las palabras que nos hicieron mejores, las frases que nos hicieron crecer al amparo de la luz del levante. En cada una de las olas duerme nuestro recuerdo, la sonrisa que nos regalas cada día, cuando te hacemos presente, Juan, cuando te tenemos junto a nosotros para que nos ilumine tanto amor que nos queda. Mediteráneo, amor.

Cinco años son cinco soles eternos. Cinco años desde aquella tarde luminosa en que nos dejaste tu mejor abrazo, el que nos abrió la ventana de tu legado, el que nos conforta cuando andamos las orillas de tu sonrisa ancha. Hoy, tu futuro navega en la misma playa que te vio crecer y recibe en su piel la misma brisa que te acariciaba cuando eras un niño. Yo sé que la melodía de tu diálogo le llevó allí, aunque no lo supiera, aunque nadie lo imagináramos. Sobre tu hombro, apoyado en tu ser humano, así está él construyendo el camino que tú le enseñaste. Tanto ser verdad, tanto ser certeza, tanto ser libertad, tanto ser lealtad, tanto ser justicia.

Hoy no es un día más. No lo decimos, el silencio lo estrechamos en nuestro pecho porque preferimos estar contigo cada día, dibujando el paisaje que vivimos juntos. No lo decimos, pero nos miramos y lo sabemos. Nos miramos y nos lo decimos con los ojos húmedos sin que nadie llore. No quisiste que cayera el telón sobre nuestro corazón y así lo hicimos. Así lo hacemos. Juntamos el brillo de la espuma de la Malvarrosa y construimos con ella una escultura de amor infinito bajo la que nos cobijamos y a cuyo lado sentimos tu presencia.

Llega el día a la tarde, a la penumbra que no quisiste que ocultase tu alegría porque si algo fuiste es luz de amanecer. Todo cambia menos el amor. Todo cambia pero aquí seguimos los mismos, siendo lo mismo. Escuchando tu voz, tu risa y tu inmensa alegría de vivir. No dejes nunca, Juan, de alumbrar nuestro camino, sobre todo el de tu horizonte, el de quien lleva tu mensaje grabado en la sangre. Ese latido joven y pleno que recibe de ti la enseñanza de una vida que espera más vida. En esta tarde hermosa y cálida, en la que aún puedo ver tu gesto sereno y confortado por el amor de tu gente, me quedo con el azul de tus ojos y con cada una de las melodías que nos regalaste.

Mediterráneo, amigo. Recoge este levante otoñal y regálale a quien quiera escucharte el verso atrevido de un hombre que supo vivir. Y a ti, Juan, te digo que hoy es ayer, que el mismo silencio que me acompañó en el adiós me sigue hablando de llanuras de paz y laderas de justicia. En nosotros estás. Siempre.

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