Hablemos de educación

La escuela debe contar la verdad.

  Escribí ayer en este mismo blog que la sociedad no está bien informada en temas de educación. Se sabe muy poco sobre la vida de los colegios e institutos y las informaciones que se manejan son, en general, inexactas y muy superficiales.

   Seguimos viviendo con medias verdades, mensajes incompletos e importantes vacíos que provocan un relevante distanciamiento entre los centros educativos y la sociedad a la que sirven. Es cierto que los medios de comunicación suelen hacer un tratamiento tópico y próximo a la noticia en negativo, mientras que las buenas prácticas educativas aparecen en suplementos que sólo leen los profesionales del ramo o, como mucho, breves sueltos para informar de un premio logrado por un colegio, en el mejor delos casos. Sin embargo, también las instuciones educativas tienen su parte de responsabilidad.

   En tiempos de desinformación es preciso que los centros hagan llegar a la sociedad su labor y sus logros. Los trabajos y los días de tantos y tantos profesionales dedicados en cuerpo y alma a la enseñanza que con su esfuerzo consiguen que cada día, cada trimestre, cada curso miles y miles de estudiantes terminen sus estudios habiendo logrado los objetivos propuestos. Ese trabajo tiene que ser conocido, tiene que llegar al corazón de la sociedad y hacer vibrar a cada familia, a cada gestor, a cada ciudadano. Que sepan que aquí, en Aragón, en España, se trabaja mucho y bien, que la falacia que se ha hecho verdad y que habla de «recuperar la cultura del esfuerzo», como si aquí hubiéramos estado instalados en el vagabundeo pedagógico durante las últimas décadas, es eso, una falacia. Y, si me apuran, una infamia.

   Es preciso que los centros educativos se crean que su trabajo debe ser conocido y reconocido y que para que eso sea así hace falta un esfuerzo titánico, constante e indesmayable para impregnar cada cuaderno que ayudamos a construir con el latido del amor por el trabajo. Que la escuela salga a la calle para decirle al viento del progreso que hacemos mucha falta. Mucha más falta que las leyes que se empeñan en inventar cada cuatro años ministros y consejeros.

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