La escuela duda.

    Leo el siguiente párrafo firmado por Torres Santomé: “Estamos ante políticas educativas que despistan al profesorado de todos los niveles del sistema educativo. Característica que, creo, es la primera vez que se produce. Tanto el profesorado de Educación Infantil, como el de Primaria, Secundaria y Universidad se encuentran con un nuevo lenguaje especializado que nunca antes habían utilizado… Estos nuevos lenguajes no venían siendo objeto de atención ni en la docencia ni por parte de los grupos de investigación más punteros; o, al menos no habían hecho pública esta línea de investigación sobre competencias.” Lo leo y debo reconocer que me reconozco en cada palabra. Y explico por qué.

    Porque, en efecto, el profesorado español sufre la sacudida de cambios legislativos cada muy poco tiempo y semejantes vaivenes lo desorientan, lo confunden y añaden unos gramos de angustia que en poco o nada contribuyen al buen ejericicio de su tarea docente. Eso se está viendo estas primeras semanas del curso 2014-2015, cuando en muchas aulas y centros se está viviendo una especie de ceremonia de la confusión de la que nadie sale beneficiado. 

   Las familias preguntan pero rara vez encuentran respuestas convincentes, además de contemplar cómo hay un lío tremendo con los libros de texto, por ejemplo. Además, no acaban de entender por qué unos cursos viven bajo la LOE y otros bajo la LOMCE ni comprenden dónde está la gracia de una u otra ley.

    El profesorado se encuentra ante un muro insalvable por el que trepa, como hiedra voraz, una maraña normativa de la que nadie les ha hablado y sobre la que no han recibido una formación adecuada. Tan sólo aquellos que han tenido la bravura de enfrentarse a la lectura de la ley y de los anexos que la acompañan pueden fardar un poco de ser «el adelantado D. Rodrigo» de la profesión, pero es muy difícil encontrar en los claustros valedores en los que confiar para afrontar semejante situación.

    Y luego hablamos de esos nuevos lenguajes especializados que añaden cuarto y mitad de incertidumbre a un colectivo desinformado y apocado que cae en las redes de la comparación con otros profesionales europeos (la palabra «Finlandia» me está empezando a caer muy gorda) con demasiada frecuencia pero al que no se le hace una propuesta formativa de calidad y debidamente estructurada.

    Y esto lo digo porque veo las caras de mis compañeros/as cada mañana y valoro su entusiasmo, su voluntad y su ilusión, pero también sé que cada día hay más interrogantes sepultados por el óxido de la precipitación. Y si algo he aprendido a lo largo de mi vida profesional es que en educación no existen las urgencias. O no deberían existir.

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