Día de celebración. El colegio se llena de letras, palabras, historias y escenario. Por un lado he dedicado la mañana a construir un libro sobre otro libro. Con los chicos y chicas de 2º A y 2º B llevo un par de días viviendo y bebiendo las aventuras de «El ladrón de palabras» para elaborar entre todos una historia ilustrada en inglés. Da gusto escuchar a los escolares y recoger sus aportaciones. Da gusto ver que el trabajo da frutos. Da gusto comprobar que nuestra idea ofrece resultados. Y no hablo de éxito escolar, porque si hay dos palabras que no pueden ir nunca juntas son «éxito» y «escolar». Pero hablaremos de eso otro día. Hoy toca alegría. Y alegría nos han proporcionado un grupo de papás y mamás de nuestro colegio que nos han ofrecido una serie de representaciones teatrales sobre la deliciosa obra de Fernando Lalana, «Te quiero Valero». Es muy gratificante recibir su aportación, disfrutar de su colaboración. Durante dos días todos los alumnos/as del cole pasaron por el gimnasio del cole para conocer las aventuras y desventuras de Valero y San Jorge y en la última de esas representaciones colocamos nuestra cámara de vídeo y la grabamos para guardarla por siempre en nuestros corazones.
Hay quien ve en este tipo de actos una muestra de lo que se da en llamar «Alianza educativa entre la escuela y las familias». No está mal para empezar y acciones como esta son muy de agradecer y deben ser muy bien valoradas. A mí me gustan y siempre las he alentado y favorecido. Son situaciones que provocan una sonrisa y ayudan a acercarnos en favor de un mayor entendimiento. Por tanto, aplauso.
Y aliento para buscar otras, y también necesarias, formas de colaboración. Por ejemplo: fabricando en cada casa un discurso a favor de los maestros, que no siempre encuentran en su día a día lo que buscan. En la sociedad de la imagen y el marketing a veces vende más el estrellato de lo que ahora se da en llamar «buenas prácticas» que el trabajo tenaz y laborioso de miles y miles de maestros y profesores que no están en los medios ni en las redes pero en los que se sustenta, de verdad, el sistema educativo. Como le leí ayer a Jordi Martí, maestro a pie de calle, estamos en un punto de escaparate peligroso, en el que se le da más valor a lo que parece que a lo que es. Y eso puede ser una trampa dolorosa.