Una vez más, las olas hechas voz. Miguel Mena iluminó la mañana en que la comunidad educativa aragonesa se reunió para reconocer su compromiso y crecimiento, en esta ocasión en el marco del 40 aniversario de nuestro Estatuto de Autonomía.
Nuestro ecosistema educativo ha vivido una profunda transformación a lo largo de cuatro décadas de la mano del cambio social vivido en Aragón. Y ese periplo ha tenido un protagonista de excepción, decisivo contribuyente a la construcción de una historia común.
Esa historia es una de nuestras señas de identidad y nos conecta, nos relaciona, es el nexo que une diferentes realidades sociales, culturales o económicas.
Todas ellas, al unísono, contribuyen a conformar ese mosaico hermoso que es nuestra escuela. Y para ponerle letra y melodía a ese espíritu que cada día ocupa nuestros corazones el lunes, 30 de mayo, en el Día de la Educación Aragonesa, varios centros hicieron de la campana, de la torre y de la memoria conceptos que ilustran la importancia de la palabra; se quedaron con las cimas, los llanos rojos y los ríos para acompasar su idea de proyecto educativo; a partir del tiempo y la justicia hicieron que un poema se convirtiera en manifiesto por la igualdad y compusieron una melodía al compás de sus presupuestos participativos; presentaron los campos, los racimos de oro y el olivo como un paisaje que acoge el futuro o presentaron a las mujeres y hombres de Aragón como sujeto de derecho.
Fue, como cada año, un día, pero es toda una vida. Todas nuestras vidas.

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