Hace unos días mantuve un encuentro donde compartimos experiencias de participación del alumnado. Aquella conversación nos llevó a algunos autores cuyas enseñanzas incorporamos a nuestra tarea educativa.
Creemos, con Tonucci, que la escuela es una microsociedad y que, si queremos una ciudadanía democrática, se debe ensayar la democracia en el aula. Negamos el adultocentrismo y defendemos escuchar a las criaturas, porque interpretan las relaciones humanas de forma más inclusiva que los docentes y equipos directivos.
Acordamos, con M. Apple, que si no propiciamos que el alumnado participe, le enseñamos un «currículum oculto» de pasividad y obediencia, lejos del espíritu crítico. Apostamos por liderazgos compartidos para que el estudiantado decida cuestiones presupuestarias, proyectos y metodologías.
Estamos con J. Torres, quien defiende que, al darles voz y voto en las decisiones, cada estudiante se siente corresponsable de su educación. Asumimos que la participación estudiantil fomenta la solidaridad, el argumento, el respeto a las minorías y la búsqueda del bien común.
Una escuela mejora si fomenta la participación de la comunidad educativa. En una época de cambios vertiginosos la escuela debe evolucionar con la sociedad a la que sirve. Si el alumnado, junto a sus familias y agentes del entorno, participa activamente y se sabe protagonista, desarrolla un arraigo afectivo y un compromiso ético que son semilla de una sociedad futura más justa y responsable.
