El final de año se acuesta en un universo repleto de momentos y espacios dados a la necesidad de cerrar capítulos. Hablamos de Territorio Evaluación , ese ecosistema necesitado de la calma y el diálogo en el que, sin embargo, reina la urgencia por encontrar respuestas a mil preguntas.
Miguel Vázquez reflexiona sobre un asunto nuclear en nuestra cultura de la evaluación: la diferencia entre “el papel de la memoria en el aprendizaje y la enseñanza memorística”. Tradicionalmente se han utilizado los exámenes para medir la capacidad del alumnado de reproducir datos, pero está demostrado que no son útiles para estimular un uso funcional de la memoria.
Esta herramienta evaluadora no garantiza que todo aprendizaje sea “significativo”, que el alumno comprenda su significado en aras de una aplicación práctica.
Otro factor a considerar: en el contexto de la Sociedad de la Información y de la Comunicación el papel de la memoria no es igual al que tuvo en el pasado, y menos con el desarrollo de la Inteligencia Artificial (IA).
A veces nos enredamos en la cuantificación y la codificación del alumno. Por ello, hay que modificar el modelo de evaluación tradicional, por selectivo y clasificador y porque se pierde la función esencial de la misma: que el alumnado aprenda de sus errores desarrollando su propia autopercepción sobre lo que sabe y lo que ignora. Y todo ello vinculado al crecimiento en conocimiento, aptitudes y actitudes, verdadero destino de la tan valiosa evaluación formativa.
